"Cuántas veces me pregunto si esto no es más que escritura, en un tiempo en que corremos al engaño entre ecuaciones infalibles y máquinas de conformismos."
Julio Cortazar, Rayuela, capítulo 73.
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domingo, 20 de febrero de 2011

Noches blancas. Soñando sueños...


Noches blancas (Celia Clara Sadkovich)


El soñador de Dostoyevski no tiene realidad alguna fuera de sus sueños en los que se refugia para esconderse y protegerse del mundo que le rodea. Un instante de felicidad alimenta sus sueños y colma toda su vida (“¡Todo un momento de felicidad! ¡Sí!, ¿no es eso bastante para colmar una vida?...”)

El soñador de Bresson registra mecánicamente sus sueños en una grabadora de los años 70 para convertirlos en realidad. Sus sueños son registrados y escuchados para ser vividos.


Un soñador -si he de explicarme más concretamente- no es un hombre, sino, sépalo usted, más bien una cierta criatura de sexo neutro. Por lo general suele vivir el tal soñador lejos de todo el mundo, en un rincón retraído, cual si quisiera ocultarse incluso de la luz del día, y luego que se ha instalado en su tugurio, crece con él de igual modo que el caracol con su concha, o por lo menos se asemeja a ese animalillo notable, que es ambas cosas, el animal y su casa, y que llamamos tortuga. Pero ¿qué se imagina usted? ¿Por qué ama él tanto sus cuatro paredes, invariablemente pintadas de verde claro, descoloridas, sucias y en cierto modo indecoroso, denegridas por el humo? ¿Por qué ese hombre grotesco, cuando va a visitarle alguno de sus contados amigos -por lo demás, suele ocurrir que aun éstos dejen pronto de visitarlo- por qué se muestra tan desconcertado y cohibido? Pues porque tiene una facha como de haber cometido un crímen en un solitario rincón, como de haber falsificado billetes o fabricado poemas para enviarlos a alguna revista, naturalmente, en compañía de una cartita, anunciando cómo ha muerto el autor de los versos, y cómo él, a fuer de amigo suyo, se considera en el deber de publicar las obras del difunto. ¿Por qué, quiere usted decírmelo, Nástenka; por qué durante esas visitas nunca se alarga la conversación y por qué de los labios del recién llovido amigo, que en otras ocasiones está siempre riéndose y bromeando a costa del bello sexo u otros temas amenos, no sale entonces ni una sola palabra festiva? ¿Por qué este nuevo amigo se siente en su primera visita -por lo general, nunca pasan de la primera- algo cohibido, y por qué, no obstante su ingeniosidad -es decir suponiendo que posea ese don-, solo habla por monosílabos ante la desesperada cara del otro, que superhumanamente, aunque en balde, por desgracia, se esfuerza por animar el diálogo y poner de realce cómo él también sabe encauzar una conversación y hablar del bello sexo, para mitigar, por lo menos mediante su solicitud y disposición para todo, la decepción del huésped, que por una vez tuvo la mala sombra de caer allí donde nadie lo llamaba? ¿Y por qué coge fácilmente el visitante su sombrero y se despide aprisa, con la excusa de habérsele ocurrido de pronto algo importante que no admite la menor dilación? ¿Y por qué se liberta tan rápidamente su mano de la presión calurosa de la mano del otro que, con el duelo más profundo en el alma, intenta aún reparar lo que ya no es reparable? ¿Por qué luego el amigo que se va, no bien cerró tras de sí la puerta, rompe a reír, y por qué se jura a sí mismo no volver nunca a visitar a aquel extravagante, aunque en el fondo no sea una mala persona? ¿Y por qué no puede negarse a su fantasía el ligero placer de comparar la expresión de la cara del tío raro, durante su visita, por lo menos, remotamente con la de un minino que, caído en manos de chicos mal criados, que lo atrajeron con pérfidos halagos, sufre sus malos tratos, hasta que acaba refugiándose debajo de una silla en un rincón oscuro, para allí relamerse la piel, lavarse su maltratado hociquito con las dos patas delanteras y atusárselo, y luego ponerse a considerar con negros ojos la naturaleza de las cosas y la vida, y hasta la miguita de pan que una criada compasiva le arroja de las sobras de la abastecida mesa?

Fiodor M. Dostoyevski, "Noches Blancas", Segunda noche. (Traducción de Rafael Cansinos Asens), Aguilar, 1968


Quatre nuits d'un rêveur (R. Bresson, 1971)



Magnetófono: "máquina sublime" para Bresson

DIVINACIÓN, ¿Cómo no asociar esta palabra a las dos máquinas sublimes con las que me sirvo para trabajar? Cámara y magnetófono, llevadme lejos de la inteligencia que todo lo complica.

(BRESSON, Robert: Notas sobre el cinematógrafo. Ardora, Madrid, 1997. P. 104.)